Los atentados terroristas en París despertaron la indignación general. Fue un ataque terrorista en todas sus letras, de impacto global y que supone un desafío para la seguridad mundial. Las redes sociales fueron el canal de expresión para miles de mensajes de solidaridad con los ciudadanos franceses y para las muestras de dolor por las víctimas de los yihadistas.
En nuestro ámbito colombiano, estas reacciones no estuvieron exentas de polémicas por cuenta de ciertos políticos que aprovechan cualquier hecho de sangre para hacer analogías absurdas con la no menos dolorosa realidad del conflicto colombiano en sus más de 50 años de muerte, y así, reivindicar sus banderas ideológicas. Lamentable sin duda, pero lo de París si nos debe llamar a una reflexión: ¿Por qué si podemos indignarnos y repudiar lo de allá, cuando lo de acá ha sido tan terrible también?
Antes de seguir quiero que vean esta crónica que hice hace tres años en Granada, un municipio del departamento de Antioquia que vivió un verdadero infierno entre 1988 y el año 2004 por cuenta de los grupos armados ilegales. Allí sus habitantes dijeron nunca más, en un admirable ejercicio de memoria histórica:





